Pese a estar aturdido y casi sin fuerzas, sabía que aquella estruendosa voz no era sino la antesala de un fatal destino. Los furiosos y desgarradores gritos resonaban en el bosque, ya de por si siniestro y ruidoso aquella noche, creando lo que parecía una sinfonía que más que henchir corazones, encogía hasta el espíritu.
Era tal el pavor que le inundaba, que ni a respirar se atrevía, pues no quería delatar su posición. Sin embargo, su corazón no debía tener la misma opinión pues sonaba como un tambor que, acompasado, marcaba el ritmo en lo que temía sería el ocaso de su vida y el preludio de su muerte.
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