Se había desmayado. Lo último que recordaba era haber recibido ese tremendo golpe en la mandíbula, tan fuerte que había notado crujir todos los pequeños huesos que ni siquiera sabía que existían. Ahora ese dolor había desaparecido, se había ido. Sin embargo, su inquietud se había trasladado ahora a su barriga. No sabía si su angustia era hambre, dolor por algún golpe recibido durante su desmayo o una simple cuestión de imaginación. El caso es que le dolía bastante.
A pesar de todo, se levantó. En lo que pareció un esfuerzo titánico, hercúleo, pavoroso; se agarró a la rama de un árbol y, ayudándose de sus brazos, consiguió ponerse en pie. Al principio todo fue inestabilidad pero, poco a poco, consiguió ganar confianza y armonía en sus andares, conforme el aire fresco iba penetrando en sus pulmones con cada inspiración. Se sentía mejor y mejor por momentos pero, de repente, escuchó una lejana voz. Una voz que le atemorizó, casi le desgarró el alma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario