domingo, 28 de noviembre de 2010

Semana 3

¿Para qué esconderse? Pensó. Al fin y al cabo el destino ya estaba escrito, o eso decían algunos. Aunque él no lo creía. De hecho, no creía nada más que en su propia fuerza y capacidad. Nada de
deidades, seres mitológicos o angelicales. No obstante, y empujado por alguna extraña causa, se deshizo entre los arbustos y salió a su paso. Quizás fuera eso a lo que llaman valor. Quizás fue el honor. O quizás fue simplemente no poder contener el aliento, sediento de oxígeno debido a las salvajes embestidas de su agitado corazón.

- Pensé que nunca te volvería a ver. Eres mi peor pesadilla. Ni siquiera el más frío metal, la más poderosa de las Magnums, acaba contigo. A veces incluso me pregunto si eres un espectro.

- Hola Odín. Supongo que me tomaré tus palabras en el buen sentido. Aunque, la verdad, no he notado ni un minúsculo deje de cariño en ellas.

- De mi boca sólo pueden salir palabras muertas hacia ti. Acabaste con todo lo que quería, todo lo que apreciaba, todo lo que me daba la vida.

- Algún día comprenderás por qué lo hice. Sé que a tus ojos no soy sino el más tirano de los bellacos, el más cruel de los asesinos. No obstante, incluso el ser más indigno de este mundo tiene sus razones.

- Ojalá algún día todas esas razones se claven en tu corazón. Y espero ser yo quien sostenga la empuñadura.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Semana 2

Pese a estar aturdido y casi sin fuerzas, sabía que aquella estruendosa voz no era sino la antesala de un fatal destino. Los furiosos y desgarradores gritos resonaban en el bosque, ya de por si siniestro y ruidoso aquella noche, creando lo que parecía una sinfonía que más que henchir corazones, encogía hasta el espíritu.

Era tal el pavor que le inundaba, que ni a respirar se atrevía, pues no quería delatar su posición. Sin embargo, su corazón no debía tener la misma opinión pues sonaba como un tambor que, acompasado, marcaba el ritmo en lo que temía sería el ocaso de su vida y el preludio de su muerte.

martes, 2 de noviembre de 2010

Semana 1

Se había desmayado. Lo último que recordaba era haber recibido ese tremendo golpe en la mandíbula, tan fuerte que había notado crujir todos los pequeños huesos que ni siquiera sabía que existían. Ahora ese dolor había desaparecido, se había ido. Sin embargo, su inquietud se había trasladado ahora a su barriga. No sabía si su angustia era hambre, dolor por algún golpe recibido durante su desmayo o una simple cuestión de imaginación. El caso es que le dolía bastante.

A pesar de todo, se levantó. En lo que pareció un esfuerzo titánico, hercúleo, pavoroso; se agarró a la rama de un árbol y, ayudándose de sus brazos, consiguió ponerse en pie. Al principio todo fue inestabilidad pero, poco a poco, consiguió ganar confianza y armonía en sus andares, conforme el aire fresco iba penetrando en sus pulmones con cada inspiración. Se sentía mejor y mejor por momentos pero, de repente, escuchó una lejana voz. Una voz que le atemorizó, casi le desgarró el alma.